LA OBSERVACIÓN DE LOS PAISAJES
Observar paisajes serranos y cordilleranos me conmueve. Los árboles vistos desde arriba forman copas redondeadas dando al suelo esa sombra tan apreciada en los día de calor y, como si tuvieran inteligencia, esa sombra en realidad es para proteger sus propias raíces que, en busca de agua y humedad se abren hacia afuera. Las coníferas son otra cosa; ellas con sus ramas cuidan a su tronco, los protegen de los intensos frios, los abrazan; las raíces de pinos, abetos y cedros se dirigen hacia abajo a gran profundidad. Inteligentes o no... cada especie cuida de si misma. Los curiosos conos de las coníferas y sus encantadoras acículas emiten un sonido al paso del viento siempre dominante que, como voces de gigantes asustan y ahuyentan a cualquier ser humano que se atreve a caminar en la espesura obligando a plantar los pies sobre la tierra o, a dejarse llevar por su torbellino como un impulso necesario. Mientras tanto...suspira de aromas el cedro, cae una hoja de un Ginkgo biloba y otras se arrojan tras ellas como sol de primavera en otoño. Todo me conmueve, las gigantes sequoyas que se dirigen a la inmensidad del cielo, como los musgos sobre la piedra o las algas formando bosques y praderas en el fondo del mar.